Nuestra historia - 30 Aniversario escalada al Fitz Roy

 

 

Variante a la vía Franco-Argentina en libre

Llevo varios meses esperando estos días para poder festejar. En treinta años nunca lo he hecho, porque hubo acontecimientos posteriores me ensombrecieron tan profundamente que me quedé sin ganas de compartir estas vivencias. Pero de nuevo siento el deseo de sacar los recuerdos a tomar el sol, y sobre todo, honrar la memoria de mi compañero de equipo, Mario Savio, con quien compartí los sueños, proyectos y momentos más emocionantes que me ha brindado la escalada.

Hace 30 años, ambos, acompañados por nuestro amigo y fundamental apoyo, Benjamín Bondone, salimos hacia el sur de la Patagonia a escalar el cerro Fitz Roy. Se trata de una montaña no demasiado alta, 3.405 metros, pero sí bastante inaccesible por las condiciones climáticas de la zona, los glaciares, la rimaya, el corredor y la dificultad del muro de granito vertical y técnico que tienes que sortear para llegar a su cima.

A pesar de que éramos deportistas con entrenamiento de alto rendimiento, el proyecto resultó reñido desde su planteo, por que el club nos negó su apoyo argumentando que éramos demasiado jóvenes e inexpertos. Aunque más bien todo parecía tener que ver con que en el equipo había una chica. Por suerte no toda la gente piensa de la misma manera, y los acontecimientos se fueron dando de forma tal que fuimos aceptados en el club andino villa Carlos Paz y también conseguimos patrocinadores. Llegamos al parque nacional los glaciares hacia mediados de enero de 1988, y nos mantuvimos ahí esperando buenas condiciones de tiempo hasta finales de febrero. Fue una temporada dura, muchas expediciones se volvieron a casa sin ninguna cumbre, llovió bastante y el viento sopló con toda su fuerza todo lo que pudo. Hubo tres ocasiones en las que los cielos despejados y las posibilidades de subir se mantuvieron por dos días seguidos, y mucha gente pudo aprovecharlas. Por diferentes causas, a nosotros nos sorprendieron a desmano del campo base y no logramos reaccionar a tiempo... y en este objetivo, reaccionar en el segundo adecuado es fundamental. Dos de esas veces salimos de todos modos para arriba a intentarlo, pero tuvimos que bajarnos por la entrada de viento y tormenta. En la tercera ocasión, no me encontraba muy bien, pero mi amigo Mario y Benjamín aprovecharon esos días para subir la aguja Guillaumet y me alegre por ellos.

Sin embargo los días se fueron pasando, febrero se aproximó a su fin y no nos quedaba mucho tiempo para estar por ahí. Así que un 27 de febrero, muy a nuestro pesar, iniciamos el último porteo hacia el pueblo con todo nuestro material a la vez que veíamos que tímidamente se perfilaba un cambio de tiempo a mejor. Había estado especialmente horrible unos días atrás, con ráfagas muy intensas y las típicas lluvias horizontales que azotan aquel rincón del planeta. Pero el 28, contra todo pronóstico, amaneció despejado y radiante. Por cierto, en aquella época no contábamos con ninguna predicción del tiempo que no fuera la nuestra, Noaa o windguru no existían. No había este tipo de servicios, y si los había, no existía la manera de acceder a ellos.

Esa mañana en el Chaltén (400mt de altitud), mi compañero y yo simplemente nos miramos, nos sonreímos, y dijimos al instante, ¿subimos? Venga, sí, un último intento. Preparamos un equipo súper ligero y partimos desde el pueblo (la nota más importante de prensa que nos hicieron desvirtúa este dato, lo cierto es que salimos desde el Chaltén y no tuve que convencer a Mario, nos entendíamos con la mirada). Tan sólo 3 días atrás, nuestro material estaba en la cueva de hielo, y ahí estábamos, porteándolo todo de nuevo hacia arriba. No paramos hasta llegar al paso superior (a unos 1500mt de altitud), donde comimos y preparamos té. Luego reanudamos la marcha hasta llegar a la rimaya que presenta cierta complejidad, y desde donde se accede a un corredor de 300 metros de hielo de 70° con algunas partes de roca, que te permite llegar a la brecha de los italianos (a unos 2550mt de altitud). Allí hicimos un vivac estupendo, la noche estuvo totalmente despejada y con la luna casi llena, bajo su magia los ríos serpenteaban como hilos de plata y el valle, desde el silencio de aquel mirador lejano adquirió un encanto especial. A la madrugada salimos hacia la silla, el majestuoso filo de nieve a que conduce a la pared y te deja justo debajo de la ruta, en el espolón, 650 metros de impecable granito, 14 largos con una dificultad de hasta 6c. La escalada comienza en un diedro, por donde avanzamos recorriendo una hermosa y continua fisura de dedos, que lamentablemente tenía hielo y no era posible asegurarla todo lo que me hubiera gustado. Pudimos resolver la vía en libre (que significa que subimos por nuestros propios medios, sin utilizar nada ajeno a nuestra habilidad, fuerza, técnica y seguros), y eso nos gustó más que nada. Y hago mención a esto, ya que hay personas que así me lo han pedido.

Con mi amigo habíamos tomado la decisión de intentar llegar a la cima por una línea de piedras que habíamos estado observando con los prismáticos, y que nos daba la impresión de llegar hasta la cima. De esta manera podríamos realizar la vía completa con pies de gatos y aligerar la carga dejando a pie de vía un juego de botas, crampones y piqueta... el equipo de mi amigo. Sabíamos que era un riesgo, pero estuvimos dispuestos a correrlo. Al final de la escalada vertical, cuando el granito se acaba y la cumbre se intuye cercana, nos desviamos un poco hacía la izquierda buscando la línea de rocas y salientes entre la nieve y el hielo. Por suerte el tiempo se mantuvo bueno, no había entrado ninguna nube y el viento tampoco se dejaba sentir. De aquí a la cumbre tiramos dos largos fáciles encadenando salientes de piedras y finalmente llegamos a la cumbre los dos en pies de gato. Estábamos tan terriblemente felices, que la alegría nos mareaba. Mirábamos alrededor en las cuatro direcciones, nada había por encima nuestro y la vista se perdía lejana tanto al este como al oeste. El Torre tenía encalladas unas cuantas nubes pero había en el horizonte, a la derecha del sol, un ángulo perfecto por donde podíamos imaginarnos hasta el mar. Vimos el atardecer desde la cima, hicimos unas cuantas fotos y nos apresuramos a buscar los rapeles de descenso. Como no habíamos subido los últimos largos por la vía normal, teníamos que localizarlos, estuvimos un buen rato con ello, hasta que encontramos la reunión para rapelar.

Nota del diario La Nación Fitz Roy - 29 de febrero de 1988

 

 

 

Finalmente comenzamos a bajar temiendo que la oscuridad nos ganara y no fuéramos capaces de encontrar las reuniones para poder llegar nuevamente al vivac de la brecha. Y esto fue lo que nos pasó, no llegamos a otras reuniones, la oscuridad nos impedía verlas y nos desviamos de la ruta. Alcanzamos a hacer siete rapeles, y en el último, al intentar recuperar la cuerda, se nos enganchó... y eso que contábamos con una cuerda de 100 metros que no llevaba nudo. Pero estas cosas son parte de lo que ocurre en la montaña. No la pudimos desenganchar, tiramos desde todos los ángulos posibles y no hubo manera. No teníamos jumares, así que tampoco podíamos tirar de manera eficiente. La oscuridad avanzó de prisa y Mario sugirió que lo dejáramos hasta la mañana, así que autoasegurados a la propia cuerda enganchada, nos quedamos suspendidos en la pared, sobre una diminuta repisa que sólo nos permitía estar sentados con las piernas recogidas. No estábamos en la reunión, ni la podíamos ver. No había nadie más en montaña, y quedaban pocas expediciones en la zona. Teníamos algunas barritas de cereales que comimos con dificultad porque no teníamos nada de agua.

Pero la noche avanzaba igual de hermosa que la anterior, con una luna inmensa cargada de resplandeciente luminosidad. Supimos cuando eran las 12 porque de repente se apagaron las luces del pueblo, era la forma en que funcionaba la usina en aquella época. El cansancio nos hizo caer dormidos, a mí más que a mi compañero, pero cada tanto el frío y la incomodidad nos despertaban... entretanto, cada vez que dormíamos soñábamos con una enorme taza de té y una jarra de agua que unas manos nos acercaban gentilmente. Con la primera claridad de la mañana nos pusimos en movimiento, el tiempo comenzaba a cambiar. Estábamos al reparo de la cara este pero podíamos ver las primeras nubes avanzando sobre el cordón montañoso. Mientras tanto la luz nos permitió ver dónde estábamos con más certeza, la cuerda enganchada era nuestro único seguro, ...pero había tenido un sueño en el alguien me mostraba el sitio donde estaba la cuerda, el problema y cómo resolverlo, y aunque dudaba de que el sueño fuera a funcionar, lo compartí con Mario y él mismo se puso a intentarlo. Se desplazo bastante, un poco hacia abajo y luego una travesía en dirección sur, y allí estaba, el diedro que había visto mientras dormía, era el sitio correcto para tirar de la cuerda, y calló a la primera!! Y además, allí estaba la vía y la reunión. Estábamos súper felices.

Reanudamos el descenso a toda marcha, y al llegar a nuestro vivac, aún duraba el sol que entraba desde el este, pero la cumbre de la montaña ya estaba tomada por las nubes que se movían de prisa. Volvimos a hacernos una foto ahí, recogimos todo y emprendimos el descenso al glaciar donde ya nos alcanzó un viento fuerte y racheado que no nos dejó parar hasta llegar al campo base de Río Blanco, donde por fin pudimos disfrutar de muchísimo té, comida y el saco de dormir. Estábamos exhaustos, pero la felicidad era tal, que flotábamos varios metros por encima de la tierra.

Gracias querido amigo por compartir juntos aquella y otras fabulosas aventuras! Gracias por confiar en mí, por no dudar nunca de mi condición de mujer, y por tratarme de igual a igual como nadie lo ha hecho. Ha sido un privilegio tenerte de compañero, sé que estés donde estés, el afecto de quienes te queremos, te seguirá llegando.

Guillermo Urban murió el 14 de enero de 1989 en un accidente de escalada. Era su mejor amigo, nuestro compañero de escalada y además mi pareja. Su pérdida marcó un giro en nuestras vidas, seguimos escalando, pero ya nunca pudimos volver a los grandes objetivos.

Mario murió el 24 de diciembre de 1996 en un absurdo accidente de moto.
Nos convertimos en la primera cordada en llegar a su cumbre en pies de gato, en la primera mujer en subir al Fitz Roy en libre, y en la tercera en escalarlo.

Galería de fotos